Decía el genio Billy Wilder en el fantástico libro entrevista perpetrado por un admirador llamado Cameron Crowe, -a los efectos de su relación con algunas de las divas con las que trabajo en su dilatada e inigualable trayectoria-, que cada determinado lapso de tiempo, por las razones que fueran, aparecía una actriz capaz de llenar de tal manera el espacio fílmico que el resto de lo que había a su alrededor prácticamente se difuminaba. Según el menudo nonagenario, Marilyn tenía tal capacidad y alguien tal alejado de la ambición rubia en estilo, carácter y forma también, me refiero a la amada Audrey. Nuestra entrañable Audrey Hepburn.
No exagero si digo desde este foro, que así me lo permite, que siendo evidentemente la parte más convencional de Retroback el ciclo dedicado a Audrey Hepburn, resulta un absoluto privilegio poder volver a contemplar en todo su esplendor y grandeza a uno de los mitos más grandes que ha dado el séptimo arte, aquella persona que un día convirtió en un arte mirar un escaparate.

Podríamos decir que no cumplía los requisitos para convertirse en una superestrella y a la vez no dudar ni un instante que los tenía todos. Absoluto icono femenino de su tiempo, paseo su delgada figura y su intachable profesionalidad por algunos títulos míticos de la historia del cine, dando empaque a films que hoy en día interpretados por otras actrices no pasarían de ser meridianas mediocridades. ¿Acaso alguien puede imaginarse a otra persona que no fuera Audrey sentada en la motocicleta junto a Gregory Peck en la cima de lo que podría definirse como comedia romántica en Vacaciones en Roma?. Supo ser única e irrepetible en todas las facetas de su vida, tanto delante de la cámara como detrás. Delante transmitiendo una fragilidad de hierro y con una mirada que tras su etérea candidez e inocencia escondía siempre un fuerte temperamento interpretativo. Actriz de indudables registros, con facilidad para la comedia como demuestran el título antes señalado, la propia My Fair Lady o la deliciosa Charada, así como para el drama e incluso el suspense, resultando absolutamente memorable en su papel de ciega en Sola en la Oscuridad. Detrás siendo un ejemplo de mesura y de antidivismo a pesar de ser toda una primera dama adorada por todos aquellos compañeros de reparto que tuvo en su larga trayectoria, así como por su dilatada labor humanitaria en Africa para ayudar a niños hambrientos.
Es evidente que los títulos que se van exhibir no tienen desperdicio alguno. A pesar de ellos, echo de menos dos de sus papeles más modélicos e inolvidables, a saber, Historia de una Monja y su absolutamente deliciosa Marian en Robin y Marian, quizá una de las historias de amor otoñal y maduro más hermosas que se han filmado y con la declaración de amor eterno y sincero más hermosa que nadie nunca pudo desear recibir. Pero lejos de entristecernos con las ausencias, por otro lado inevitables, es una ocasión única para recuperar a una de las más grandes, una de esas estrellas que se fueron con las botas bien puestas y con la eternidad ganada a punta de talento, oportunidad para que aquellos que disfrutaron en su día con ella contagien su sana alegría a aquellos que si bien les suena el nombre no acaban de saber por donde les pega el viento. Eterna Audrey.
Carlos Polite
20/01/2009 - 13:17Comentarios (0)
Hay un aura “carpantiano” en la definición de los personajes de Fulano y Mengano, que en realidad no se llaman Fulano ni Mengano sino Carlos (Juanjo Menéndez) y Eudosio (Pepe Isbert). Al igual que el personaje creado por Escobar en 1947, tanto Carlos como Eudosio participan de una sociedad voraz y superviviente y, sobretodo, eternamente hambrienta, hasta tal punto que todos los intentos de propiciarse el sustento alimenticio acaban en fracaso, intensificando los términos de su frustración (aquí severamente personalizada en el personaje de Carlos).

Jesús Franco no adapta al personaje de tebeo de Escobar sino la novela “Proceso personal” de José Suárez Carreño, escritor mexicano autoexiliado en España y de beligerante actividad política. Premiadísimo escritor de la posguerra (incluyendo un Premio Nadal), los últimos años de la década de los cuarenta los pasará, el bueno de Suárez Carreño, en la cárcel, adonde es confinado como consecuencia de su actividad antifranquista (cuya huella se aposenta en sus textos, todos de un indudable calado social). Su voluntad filo-demócrata le hará partícipe del Contubernio de Munich en 1962, ya abandonada su carrera literaria, no así su consideración de impenitente opositor en otras tribunas y medios.
La cárcel, un territorio conocido para Suárez Carreño, se puebla en Fulano y Mengano de rateros de perfil bajo, supervivientes y paletos, entre cuyas filas encontramos a estos dos, que dicen no haber hecho nada y que la sociedad deja a un lado, incluso cuando se saben fuera de presidio. Ambos representan dos maneras de enfrentarse a la realidad de la posguerra bien distintas: uno la encara apelando al optimismo, sin dejar de compadecerse por su falta de suerte, aceptando su situación resignadamente pero sin dejar de pensar en el futuro; el otro, se enfrenta a si mismo con proclamas pesimistas, invocando al rencor o al odio, como gato “panzarriba”, como si, de veras, no hubiera otra opción en el horizonte que dejarse llevar, o dar la espalda al mundo. Entre ambos surge el rostro y la sonrisa de una chica llamada Esperanza (Julita Martínez). Nunca un personaje conoció un nombre tan explícito.
La sociedad, en fin, frustrada encuentra en el esperpento y en la sátira una onerosa vía de escape. Lo hace a través de los tebeos, la literatura y el Cine. Una extraña conjunción de éstas se propone en Fulano y Mengano (1959), una modesta pero ácida comedia sarcástica de Joaquín Luis Romero Marchent. Una cinta profundamente reveladora, ya lo digo. Véanla si pueden; el Cine quiere hacerla justicia.
J. P. Bango - Comité de Selección
11/01/2009 - 00:29Comentarios (0)
Mientras Pathé gana terreno a su rival Gaumont en el ámbito de la de distribución de películas, la secretaria de producción de este último, Alice Gay, deja su cargo, recomendando al joven Louis Feuillade, periodista y ocasional colaborador de la productora, para que se haga cargo de la dirección de los proyectos audiovisuales de la compañía. Estamos en el año 1905 y esto no ha hecho nada más que empezar. Tres años después, el cine ha dejado de ser una atracción de feria para acercarse a una amplia gama de espectadores, de repente, interesado en las capacidades narrativas del nuevo medio. La distribución horizontal, de índole masiva, concebida por Pathé, encuentra un sabio acomodo en terrenos cada vez más alejados del vodevil. Feuillade trabaja para la competencia y ha entendido el mensaje. Saca la cámara a la calle y rueda en exteriores, aplicando texturas realistas (y reconocibles para el espectador) sobre las que después va a aposentar un filamento de cine de género. La base de dicho cine será la Literatura. A sus primeras realizaciones le va a seguir una prolífica carrera que le terminará convirtiendo en uno de los directores más fecundos (por encima de los quinientos títulos) de la cinematografía mundial. En los albores de la Primera Gran Guerra, Feuillade pergeñará la adaptación en formato serializado del Fantomas de Marcel Allain y Pierre Souvestre, obra de aprendizaje en el campo del cine de género que tendrá como colofón, su serial más (re)conocido, Los Vampiros, protagonizado por Musidora, acerca de una banda criminal parisina que aprovecha la noche para hacer sus fechorías. En su mezcla de cine policiaco constantemente asediado por imágenes oníricas, composiciones visuales recurrentes y un estilo decididamente transgresor (también en su contenido conceptual: la burguesía es acosada y atacada por doquier), se convierte en un referente del cine para los surrealistas. Ajeno a las implicaciones intelectuales que, en el futuro, proyectaría su película, pero no al éxito de la fórmula, Feuillade se convida a adaptar un guión coescrito por Arthur Bernède, acerca de un hombre que busca vengarse de un banquero sin escrúpulos, a la sazón traidor a la causa de su padre.
02/01/2009 - 17:54Comentarios (6)
Cuando el cine de terror se despoja de sus escenarios más recurrentes solo queda lugar para el talento. Es una máxima que suele aplicarse para justificar el porqué Hitchcock logra embriagarnos de horror únicamente mostrándonos un columpio en Los Pájaros. Por eso hay géneros que más allá de su fachada formal apenas si encuentran su identidad sino en la mera acumulación de tópicos y de arquetipos, y de paisajes a los que tanto público como cineasta suelen acudir, una y otra vez, deseando evocar similares intenciones/emociones que en el pasado, haciendo de la experiencia cinéfila un continuo y repetitivo /déjà vu/. No lo he dicho, pero esta es la base que va a definir todo el cine de subgéneros.

El gótico italiano logra trascender su condición de cine-fachada no ya tanto por la dependencia que tiene de sus cultivadores más talentosos sino porque esos mismos profesionales son capaces de dotar a lo formal de una apariencia singular, diríase que seductora, una extraña mezcla de horror y belleza, de exhuberancia y ampulosidad, aunando la falta de pretensiones con el encanto. Un cine que va a buscar, en fin, su identidad colapsando el contexto de elementos escenográficos (candelabros, cortinas, telarañas, tumbas…) no por casualidad intermediarios entre el mundo de lo macabro y lo poético, y que se convierte en gótico, únicamente, al reconocerse parte de una sinergia acaparadora de escenarios, de historias y de personajes más o menos apasionados, cuya gravedad existencial se intensifica por una relación debida al amor, a la muerte, o a ambas cosas a la vez.
Ninguno de los artesanos/artistas que hacen posible el gótico italiano renuncia a juguetear con la puesta en escena embadurnando sus decorados de luces y sombras, y de neblinas que, esparcidas por el horizonte, van a servir para compensar la escasez presupuestaria, amén de dotar al subgénero de un aspecto característico, siempre turbador y perverso. Sus ítems conceptuales, además, van a aprender a nutrirse en base a una serie de postulados dicotómicos (sexo y muerte; amor y pérdida; elegancia y aires funestos…) de apariencia tan contradictoria como preñada de lógica interna en tanto hablamos de un género que basa toda su naturaleza en la dualidad, en la lírica que emanan sus contrastes, incluso en aquellos que se revelan más burdos o groseros. Además es un género abiertamente carnal, repleto de fisicidad y de erotismo (no siempre relacionando estos términos, y no siempre presentados con la misma sutileza), de naturaleza morbosa aun implícita, al menos hasta que algunos productores se empeñan en convertir el término /exploit/ en un adjetivo, y sus argumentos en una indisimulada excusa para profanar el género para los restos. Logra el gótico italiano, sin embargo, sobrevivir a sus excesos para perecer después por falta de medios, distribuidores y talento, dejando en las filmotecas, empero, un sabroso rescoldo de títulos, algunos intensamente fascinantes (La Mascara del Demonio; El extraño vicio de Dr. Hitchcock; Danza Macabra…), otros de relleno a los que vindicar, entre todos conformadores de un legado capaz de transformar la Forma, como concepto, en tejido cinéfilo inolvidable.
J. P. Bango - Comité de Selección
27/11/2008 - 23:53Comentarios (4)
Es el Cine un arte novísimo en relación con aquéllos de los que absorbe sus fundamentos (literatura, pintura, teatro, fotografía, música o arquitectura…), hasta tal punto que incluso lo que aparenta más aviejado, desde una perspectiva histórica, no es sino el primer paso de un bebé que apenas si ha dejado la lactancia. Quizá sea por eso que cuando hablamos de Cine como concepción artística aún lo hagamos en voz baja, casi siempre en círculos reducidos y sin hacer ruido, sabedores de que en sus casi ciento diez años de existencia apenas si ha habido tiempo para definir sus caracteres como artísticos, menos aún de haber sufrido en sus carnes metafóricas el impulso de las vanguardias, la disensión de los rupturistas, la voz aguda del crítico… preparado. Y eso a pesar de que estamos hablando de un movimiento cultural en perpetuo estado de cambio, tan deudor de la capacidad creativa de aquél que lo concibe como enteramente connivente con el que paga las facturas; que es la misma servidumbre con la que los pintores de siglos pasados satisfacían los egos de sus mecenas. Precisamente, va a ser esta subordinación de naturaleza indirecta hacia el público, como colectividad, la que suela relegar al arte cinematográfico a una consideración despreciativa por parte de algunos no tanto por la gran cantidad de gente que logra atraer (cualidad que debiera enorgullecer al sector) sino porque entienden que el Arte cuando se sabe del gusto de la mayoría, o no es bueno o no es Arte.
Y, sin embargo, sigo siendo de los que piensa que el Cine ha contribuido como ninguna otra de las concepciones artísticas anteriormente mencionadas (salvo quizá la música), a democratizar y universalizar el acceso a la cultura, estableciendo rutinas relacionadas con su visionado del todo punto alternativas a cualquier otro tipo de espectáculo, contribuyendo a publicitar una idea que para algunos puede llegar a ser paradójica: que la cultura pueda asociarse con el ocio, incluso competir de igual a igual con otras alternativas ociosas cuando actúan de por medio herramientas de promoción suficientes. Y, además, sabe llegar a todos...
Quizá por eso uno tiende a asociar el cine con los museos sin que dicha afirmación pueda producir asomo alguno de sonrojo, una especie de templo de la cultura donde uno acude acompañado de nadie, dispuesto a entregarse al placer de ser seducido por un movimiento artístico cuyas historias y aristas penetran por todos los sentidos, en gozosa armonía, provocando reacciones, emociones, desazón, empatía o terror a aquel que lo contempla, ayudando a devolver al Arte al lugar de donde nunca debió partir, es decir, al centro mismo de una reunión social, ya sea en un patio de corral, en una conversación de entrevela, en una charla de bar o de café. Eso, dando pie al debate o a la réplica, a la admiración hacia el trabajo de algunos (músicos, escritores, actores, actrices o cineastas) convertidos, de repente, en iconos eternos, aún cuando yazcan muertos, por esa atribución demiúrgica que tiene el Cine de transformar todo lo que toca en inmortal.
J. P. Bango - Comité de Selección
16/11/2008 - 20:27Comentarios (0)
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