Es el Cine un arte novísimo en relación con aquéllos de los que absorbe sus fundamentos (literatura, pintura, teatro, fotografía, música o arquitectura…), hasta tal punto que incluso lo que aparenta más aviejado, desde una perspectiva histórica, no es sino el primer paso de un bebé que apenas si ha dejado la lactancia. Quizá sea por eso que cuando hablamos de Cine como concepción artística aún lo hagamos en voz baja, casi siempre en círculos reducidos y sin hacer ruido, sabedores de que en sus casi ciento diez años de existencia apenas si ha habido tiempo para definir sus caracteres como artísticos, menos aún de haber sufrido en sus carnes metafóricas el impulso de las vanguardias, la disensión de los rupturistas, la voz aguda del crítico… preparado. Y eso a pesar de que estamos hablando de un movimiento cultural en perpetuo estado de cambio, tan deudor de la capacidad creativa de aquél que lo concibe como enteramente connivente con el que paga las facturas; que es la misma servidumbre con la que los pintores de siglos pasados satisfacían los egos de sus mecenas. Precisamente, va a ser esta subordinación de naturaleza indirecta hacia el público, como colectividad, la que suela relegar al arte cinematográfico a una consideración despreciativa por parte de algunos no tanto por la gran cantidad de gente que logra atraer (cualidad que debiera enorgullecer al sector) sino porque entienden que el Arte cuando se sabe del gusto de la mayoría, o no es bueno o no es Arte.
Y, sin embargo, sigo siendo de los que piensa que el Cine ha contribuido como ninguna otra de las concepciones artísticas anteriormente mencionadas (salvo quizá la música), a democratizar y universalizar el acceso a la cultura, estableciendo rutinas relacionadas con su visionado del todo punto alternativas a cualquier otro tipo de espectáculo, contribuyendo a publicitar una idea que para algunos puede llegar a ser paradójica: que la cultura pueda asociarse con el ocio, incluso competir de igual a igual con otras alternativas ociosas cuando actúan de por medio herramientas de promoción suficientes. Y, además, sabe llegar a todos...
Quizá por eso uno tiende a asociar el cine con los museos sin que dicha afirmación pueda producir asomo alguno de sonrojo, una especie de templo de la cultura donde uno acude acompañado de nadie, dispuesto a entregarse al placer de ser seducido por un movimiento artístico cuyas historias y aristas penetran por todos los sentidos, en gozosa armonía, provocando reacciones, emociones, desazón, empatía o terror a aquel que lo contempla, ayudando a devolver al Arte al lugar de donde nunca debió partir, es decir, al centro mismo de una reunión social, ya sea en un patio de corral, en una conversación de entrevela, en una charla de bar o de café. Eso, dando pie al debate o a la réplica, a la admiración hacia el trabajo de algunos (músicos, escritores, actores, actrices o cineastas) convertidos, de repente, en iconos eternos, aún cuando yazcan muertos, por esa atribución demiúrgica que tiene el Cine de transformar todo lo que toca en inmortal.
J. P. Bango - Comité de Selección
16/11/2008 - 20:27
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