Mirando atrás

Hay veces, por desgracia muchas, que el cine se hace un poco más pequeño. El pasado 26 de septiembre fue uno de esos días. Paul Newman exhaló su último suspiro y ahora nos mira desde el olimpo de los dioses del cine, ese lugar únicamente reservado para los eternos, para aquellos que hicieron en un momento determinado mucho mejores nuestras vidas, a pesar de que en este caso concreto a mi me enseñara a odiar los huevos duros por encima de todas las cosas.

Cuando algo así ocurre hay veces que se siente como propio y resulta inevitable mirar atrás, regocijarte con el arte legado, absoluto e inamovible de los grandes clásicos. Lo mío no fueron los cines de barrio, fueron los cines de colegio de curas a falta de una buena sala de reestreno. Maristas y Jesuitas. Enormes e inacabables salas de cine de colegio donde por 100 míseras pesetas supe de la existencia de los Hermanos Marx, la mitología de John Ford, hazañas bélicas imposibles o que la muerte puede pisarte algo más que los talones, siempre por supuesto previo documental educativo sobre la Alpujarra o la orfebrería en la edad media. Algo Kafkiano, pero de una pureza absoluta. Cada fin de semana dos películas y buena ojeada al cartel de próximamente desde el que un Lee Van Cleef te miraba malencarado mientras de reojo vigilaba al manco y a Tuko. Entonces ni siquiera sabía quien era Leone, pero que importaba, resultaba una forma más clara de ver las cosas, más inocente, más sincera, algo que vamos perdiendo mientras ganamos (o no) en capacidad de análisis y conocimientos. Nos desprendemos de esa pureza en nuestro afán, a veces fútil, de desmenuzar una película en conceptos, formas y demás zarandajas en lugar de, simplemente, dejarnos llevar por las sensaciones.

Es con estas películas cuando en gran medida recuperamos esa magia que tanto se echa a faltar hoy en día, cuando volvemos a mirar la pantalla con esa mirada limpia e inmaculada que nos hizo emocionarnos con el colorido chillón de las películas de la Metro o el sobrio blanco y negro que partía en dos la cara de Orson Welles. Ese preciso instante en el que de la mano de mi padre vuelvo a entrar en esas inabarcables salas de cine de colegio que me enseñaron a amar el cine y odiar los huevos duros por encima de todas las cosas.

Carlos Polite - Comité de selección

07/11/2008 - 13:30

Montón el día 19/11/2008 - 20:00

Un buen analisis del cine clásico absolutamente válido, en términos parecidos, para el teatro clásico. Que lo sepas.

rrdigqnlh el día 31/12/2009 - 09:11

jz8DBU souvaxinubin, [url=http://pfmnljeaykzg.com/]pfmnljeaykzg[/url], [link=http://nsiewcekizov.com/]nsiewcekizov[/link], http://gcgieetdfvcm.com/

Escribe un comentario

* = campos obligatorios

:

:

:


1 + 3 =