
10/12/2008 - 00:20Comentarios (1)
Cuando el cine de terror se despoja de sus escenarios más recurrentes solo queda lugar para el talento. Es una máxima que suele aplicarse para justificar el porqué Hitchcock logra embriagarnos de horror únicamente mostrándonos un columpio en Los Pájaros. Por eso hay géneros que más allá de su fachada formal apenas si encuentran su identidad sino en la mera acumulación de tópicos y de arquetipos, y de paisajes a los que tanto público como cineasta suelen acudir, una y otra vez, deseando evocar similares intenciones/emociones que en el pasado, haciendo de la experiencia cinéfila un continuo y repetitivo /déjà vu/. No lo he dicho, pero esta es la base que va a definir todo el cine de subgéneros.

El gótico italiano logra trascender su condición de cine-fachada no ya tanto por la dependencia que tiene de sus cultivadores más talentosos sino porque esos mismos profesionales son capaces de dotar a lo formal de una apariencia singular, diríase que seductora, una extraña mezcla de horror y belleza, de exhuberancia y ampulosidad, aunando la falta de pretensiones con el encanto. Un cine que va a buscar, en fin, su identidad colapsando el contexto de elementos escenográficos (candelabros, cortinas, telarañas, tumbas…) no por casualidad intermediarios entre el mundo de lo macabro y lo poético, y que se convierte en gótico, únicamente, al reconocerse parte de una sinergia acaparadora de escenarios, de historias y de personajes más o menos apasionados, cuya gravedad existencial se intensifica por una relación debida al amor, a la muerte, o a ambas cosas a la vez.
Ninguno de los artesanos/artistas que hacen posible el gótico italiano renuncia a juguetear con la puesta en escena embadurnando sus decorados de luces y sombras, y de neblinas que, esparcidas por el horizonte, van a servir para compensar la escasez presupuestaria, amén de dotar al subgénero de un aspecto característico, siempre turbador y perverso. Sus ítems conceptuales, además, van a aprender a nutrirse en base a una serie de postulados dicotómicos (sexo y muerte; amor y pérdida; elegancia y aires funestos…) de apariencia tan contradictoria como preñada de lógica interna en tanto hablamos de un género que basa toda su naturaleza en la dualidad, en la lírica que emanan sus contrastes, incluso en aquellos que se revelan más burdos o groseros. Además es un género abiertamente carnal, repleto de fisicidad y de erotismo (no siempre relacionando estos términos, y no siempre presentados con la misma sutileza), de naturaleza morbosa aun implícita, al menos hasta que algunos productores se empeñan en convertir el término /exploit/ en un adjetivo, y sus argumentos en una indisimulada excusa para profanar el género para los restos. Logra el gótico italiano, sin embargo, sobrevivir a sus excesos para perecer después por falta de medios, distribuidores y talento, dejando en las filmotecas, empero, un sabroso rescoldo de títulos, algunos intensamente fascinantes (La Mascara del Demonio; El extraño vicio de Dr. Hitchcock; Danza Macabra…), otros de relleno a los que vindicar, entre todos conformadores de un legado capaz de transformar la Forma, como concepto, en tejido cinéfilo inolvidable.
J. P. Bango - Comité de Selección
27/11/2008 - 23:53Comentarios (4)
Presentados por Manlio Gomarasca, David López, Carlos Aguilar, Anita Haas y Javier G. Romero charlaron y confrontaron impresiones sobre la "Antología del cine fantástico italiano" y Retroback'09 con el público asistente en la sala 6 del Multiplex Cinecity, sede oficial del Science+Fiction de Trieste. Arropados por numerosos colaboradores de la publicación coeditada por Séptimo Vicio y Quatermass, los cuatro invitados indagaron en los entresijos de la obra, la excepcionalidad del cine fantástico italiano y las claves que regirán el completo ciclo de Retroback.
Video 1: David López revela los primeros datos sobre el ciclo de cine fantástico italiano de Retroback'09
Video 2: Javier G. Romero traza las características de la "Antología del cine fantástico italiano".
Video 3: Anita Haas presenta "Le orme" y Carlos Aguilar sintetiza la naturaleza del industria italiana.
17/11/2008 - 20:56Comentarios (0)
Es el Cine un arte novísimo en relación con aquéllos de los que absorbe sus fundamentos (literatura, pintura, teatro, fotografía, música o arquitectura…), hasta tal punto que incluso lo que aparenta más aviejado, desde una perspectiva histórica, no es sino el primer paso de un bebé que apenas si ha dejado la lactancia. Quizá sea por eso que cuando hablamos de Cine como concepción artística aún lo hagamos en voz baja, casi siempre en círculos reducidos y sin hacer ruido, sabedores de que en sus casi ciento diez años de existencia apenas si ha habido tiempo para definir sus caracteres como artísticos, menos aún de haber sufrido en sus carnes metafóricas el impulso de las vanguardias, la disensión de los rupturistas, la voz aguda del crítico… preparado. Y eso a pesar de que estamos hablando de un movimiento cultural en perpetuo estado de cambio, tan deudor de la capacidad creativa de aquél que lo concibe como enteramente connivente con el que paga las facturas; que es la misma servidumbre con la que los pintores de siglos pasados satisfacían los egos de sus mecenas. Precisamente, va a ser esta subordinación de naturaleza indirecta hacia el público, como colectividad, la que suela relegar al arte cinematográfico a una consideración despreciativa por parte de algunos no tanto por la gran cantidad de gente que logra atraer (cualidad que debiera enorgullecer al sector) sino porque entienden que el Arte cuando se sabe del gusto de la mayoría, o no es bueno o no es Arte.
Y, sin embargo, sigo siendo de los que piensa que el Cine ha contribuido como ninguna otra de las concepciones artísticas anteriormente mencionadas (salvo quizá la música), a democratizar y universalizar el acceso a la cultura, estableciendo rutinas relacionadas con su visionado del todo punto alternativas a cualquier otro tipo de espectáculo, contribuyendo a publicitar una idea que para algunos puede llegar a ser paradójica: que la cultura pueda asociarse con el ocio, incluso competir de igual a igual con otras alternativas ociosas cuando actúan de por medio herramientas de promoción suficientes. Y, además, sabe llegar a todos...
Quizá por eso uno tiende a asociar el cine con los museos sin que dicha afirmación pueda producir asomo alguno de sonrojo, una especie de templo de la cultura donde uno acude acompañado de nadie, dispuesto a entregarse al placer de ser seducido por un movimiento artístico cuyas historias y aristas penetran por todos los sentidos, en gozosa armonía, provocando reacciones, emociones, desazón, empatía o terror a aquel que lo contempla, ayudando a devolver al Arte al lugar de donde nunca debió partir, es decir, al centro mismo de una reunión social, ya sea en un patio de corral, en una conversación de entrevela, en una charla de bar o de café. Eso, dando pie al debate o a la réplica, a la admiración hacia el trabajo de algunos (músicos, escritores, actores, actrices o cineastas) convertidos, de repente, en iconos eternos, aún cuando yazcan muertos, por esa atribución demiúrgica que tiene el Cine de transformar todo lo que toca en inmortal.
J. P. Bango - Comité de Selección
16/11/2008 - 20:27Comentarios (0)

Programación completa de Science+Fiction / Festival Internazionale della Fantascienza di Trieste
07/11/2008 - 13:46Comentarios (7)
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